"El duelo no es un camino fácil, pero si no lo fuera, dejaría de tener sentido toda nuestra existencia"

CEAC Blog

16-04-2013

Existe una costumbre errónea de mantener a los niños al margen de la muerte, para evitarles el sufrimiento cuando se produce una pérdida cercana. Sin embargo, todos los especialistas coinciden en que, cuando una persona muere, es necesario y aconsejable para todos (incluidos los más pequeños) que puedan vivir el periodo de duelo en su totalidad, que suele durar entre uno y dos años aproximadamente. Aconsejan también no esperar a que se produzca un fallecimiento para hablar con ellos de lo que significa morir (la muerte de una mascota o una planta es una buena oportunidad), para que aprendan cuanto antes a manejar el sufrimiento y a dominar el miedo.

La infancia es una etapa en la que el carácter y los recursos personales del niño/a están en proceso de desarrollo y, por lo tanto, existe una gran dependencia del adulto para afrontar y resolver situaciones problemáticas. Nuestra actitud será clave entonces en el proceso de duelo del niño/a.

Las respuestas más habituales en niños de entre 2 y 5 años son: confusión, regresión a conductas anteriormente dominadas, ambivalencia, expresión del dolor a través del juego (reproducen el ritual en forma de juego), tomar a los padres como modelo (y la actitud que adopten), miedo a morir o bien a sufrir otra pérdida, etc.

 ¿Cómo podemos ayudar?

Es importante no negar la evidencia ni tratar de ocultarlo, a pesar de ser edades tempranas se percatan del dolor y que las cosas han cambiado, toman todo de forma literal por lo que comentarios como “se ha dormido para siempre”, “se ha ido de viaje”, “lo hemos perdido”, pueden resultar contraproducentes y aumentar la ansiedad y confusión en el niño/a.

No tenemos por qué tener respuesta a todas las preguntas y a veces es mejor decirles “no lo sé” o bien “yo también  me lo pregunto” a inventarnos algo para hacerles sentir mejor.

En esta misma línea, hay que dejarles expresar sus emociones y aceptarlas, pues instar al niño/a a que “no llore”, “no se sienta triste”, “debe ser valiente”… puede cortar su libre expresión de emociones e impedir que se desahogue.

Les puede ayudar mantenerse física y emocionalmente cerca del niño, aunque también es bueno permitirles espacios de soledad para que no cojan miedo a estar solos. Deben saber que es una situación triste pero que se les va a seguir cuidando lo mejor posible.

Es importante también que el niño vuelva a sus actividades cotidianas, pues esto es lo que más les ayuda a recuperar el ritmo de vida anterior a la pérdida.

En todos los casos la tristeza es inevitable, pero si se produce una somatización será necesario visitar a un psicólogo. Las señales que alertan son: llorar en exceso, rabietas frecuentes, cambios extremos de conducta y en el rendimiento escolar, pérdida de peso, falta de interés por los amigos, pensamientos negativos acerca del futuro o alteración del sueño.

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