Las rabietas infantiles

Las rabietas infantiles

Laura López Mera

07-03-2017

Desde que nace hasta los dos años, el niño ha pasado de ser un bebé totalmente dependiente de sus referentes a ser un niño que  ya es capaz de hacer muchas cosas de forma autónoma. Ya se desplaza solo, ya come de casi todo y sabe hacerlo sin ayuda, es independiente en sus actos más vitales.   

Alrededor de los dos años los niños empiezan a pensar, a desarrollar su capacidad de razonar y de hablar y aquí es cuando empieza la terrible “edad del no” o la “edad de las rabietas”. La independencia supone un largo camino que se va adquiriendo con la edad y, ¿cómo hace el niño para manifestarla? Llevándole la contraria a sus referentes o padres. Su palabra más utilizada es “no” porque negando al otro empieza a expresar lo que él “no es”. Pero esto implica un conflicto emocional en el niño quien no entiende porque sus padres se enfadan con él si está haciendo lo que debe hacer “por naturaleza”. Esa ofuscación es la fuente de la mayoría  de las rabietas.

¿Qué es una rabieta?

Es una explosión emocional, que sirve como canal para expresar emociones negativas de rabia o enfado. Esto puede darse porque el niño no ha conseguido lo que deseaba, por ejemplo: comer una galleta antes de cenar, o porque algo no ha salido como él quería, por ejemplo: la torre que había construido se ha caído. Suelen aparecer sobre los 18 meses y cesar sobre los 5 años, aunque cada niño es un mundo.

¿Qué podemos hacer para evitarlas?

Quizá debería escribir “evitarlas” entre comillas porque las rabietas  son un mecanismo “sano” que el niño tiene para aprender a autorregularse y exteriorizar emociones negativas, pero si nos podemos ahorrar alguna por el camino bienvenido sea.

  1. Entender que el niño no quiere “tomarnos el pelo”. Solamente está intentando mostrar su identidad independiente y diferenciada. Esto hará que nuestra actitud sea más comprensiva y flexible.

  2. Evitar tentaciones. Si a los adultos ya nos cuesta mantenernos firmes ante una tentación, ¿por qué pensamos que ellos pueden contenerse? Reducir los efectos que provocan las rabietas o pactar con ellos una solución anticipada, nos ayudará a mantenerlas un poco “a raya”. Por ejemplo: no dejes las galletas delante de él justo antes de la cena.

  3. Dejando que pueda hacer aquello que quiere siempre y cuando no implique peligro para él, para los demás o que puedan dañar algo. El hecho de que pueda experimentar las consecuencias de sus acciones sin notar el rechazo de sus referentes hará que no se sienta mal. Por ejemplo: vestirse de manera diferente a cómo deseamos nosotros.

  4. Atender sus propios límites de sueño y hambre. Un niño cansado o con hambre está muchísimo más irritable y con menos paciencia para entender ciertos límites.

  5. Ofrecer pautas claras para que sepa qué es lo que se espera de él y ajustar las normas y expectativas a su edad. De la misma manera, esto debe ser expresado en un lenguaje claro adaptado al nivel del niño. Además, nunca atacaremos a la personalidad del niño, sino a la acción. Por ejemplo: Decir “no seas caprichoso” no es lo mismo que decirle “no me gusta que cuando te digo que no se pueden comer galletas antes de cenar llores y patalees”.

  6. Dejarle decidir. Queremos adultos que sepan elegir y tomar sus propias decisiones. Esto se aprende haciéndolo. Nunca lo sabrán hacer si sólo siguen órdenes.

Mientras dura…

  • Debemos permanecer a su lado como lo haríamos con cualquier persona que está sufriendo.

  • Si no quiere contacto físico, hay que respetarlo e ir diciéndole cosas como “así no te puedo entender”, “seguro que cuando hablemos solucionaremos lo que ha pasado”.

  • Si se deja, intentar abrazarlo ya que el contacto físico nos hace sentir bien y alivia la ansiedad. Hay que dejarle claro que sepa que queremos ayudarle y que lo queremos incondicionalmente.

¿Y después de ésta?

  • Una vez pasada la explosión emocional y el niño se ha calmado es el momento de utilizar las palabras, la lógica y la razón. Poner palabras a sus emociones y acciones de forma sencilla les ayuda a ir identificándolas y a expresarlas de forma correcta para aprender a gestionarlas.

  • Hay que tener paciencia y entender que son una etapa más del desarrollo infantil y que no se deben considerar como algo negativo. Llegará un día en que sabrá pedir adecuadamente lo que desee sin llevar la contraria a nadie ni pedirlo mal si su petición es razonable.

  • Por otro lado, también hemos de tener en cuenta que si les “ignoramos” se suelen volver más sumisos y dependientes aunque lo que veamos a simple vista es que  parece que mejora en sus rabietas y nos hace más caso. Las causas que provocan esa rabieta seguirán en él y se manifestarán de otra forma ahora o más adelante. Y si por el contrario, si intentamos que no se salga con la suya suelen salir niños rebeldes o sumisos.

  • Por último, no hay que olvidar que ellos también se sienten mal y que nos necesitan. Para adquirir independencia se necesita seguridad y ésta se adquiere con un buen apego así que mímalo y muéstrale tu amor y cariño todo lo que puedas. Amar no es malcriar.

“Quiéreme cuando menos lo merezca porque será cuando más lo necesite” (Dr.Jeckyll)

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Laura López Mera

Licenciada en Pedagogía por la Universidad de Barcelona, Máster en Intervención en Dificultades de Aprendizaje en ISEP. Educación Infantil en IOC. Profesora del curso de Técnico en Educación Infantil y educadora en una escuela infantil.